Comprensión precipitada hacinada enharinada rebozada.
Rebosada sonrosada frondosa otra vez redomada gusanos.
Juegos oscuros fuera del entomólogo futurista.
Gusanos extraterrestres bajo tierra en el espacio se mueven despacio.
Gusanos lentos lejanos y serenos.
Gusanos. Bichos. Raros. Foráneos. Lejanos.
Huecos de escalera de caracol. Huecos redondos. Huecos vacíos.
Bajábamos despacio. Veníamos del espacio.
Había llovido y la escalera estaba resbaladiza. Uno se cayó.
Afortunadamente era el primero y no arrastró a nadie.
Menos mal que no se cayó hacia arriba.
En el espacio no hay arriba ni abajo, pero en aquella escalera, sí.
El último pisó un pobre gusano.
Mediante los fundamentos de la morfología extraterrestre
el gusano pudo regenerarse creciendo de tamaño inesperadamente.
Se convirtió en un caracol.
En una escalera.
Valencia, jueves, 3 de marzo de 2011
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Todo empezó una tarde de círculos concéntricos. Nadie lo vio venir, pero de repente ahí estaba, en el centro de la habitación.
Todo el mundo entró en silencio. Es decir, salió del sonido. Y él habló.
"Esta noche pasará lo que tenga que pasar, pero que nadie se alarme, porque mañana lo habremos olvidado todo".
****
Al día siguiente nadie recordaba nada.
Era un día fantástico, radiante. Secante. Tangente.
Tanta gente. Todos secos.
Todos con radios. Todos faradios.
Como era aquello.
Cómo era.
Era como un ángulo.
En el fondo del mar, mientras tanto, el buceador se preguntaba por el sentido de su existencia, allí abajo, todo rodeado de agua.
Y pasó un anguila.
****
Valencia, domingo, 13 de febrero de 2011.
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Ya está disponible en la red el artículo sobre la discografía póstuma de Frank Zappa que escribí para la revista Ruta 66 hace un par de años:
"Zappa vive, una discografía póstuma", por Román García Albertos, Ruta 66, nº 247, marzo de 2008.
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Nunca había tenido un barco tan grande. Era enorme. Se lo enseñé a los amigos y lo miraban envidiosos. Eso no puede flotar, decían. Eso se hunde. Pero podía volar. Vale, flotar, lo que es flotar, apenas flotaba. Se hundía dos de cada tres veces. Pero volar... Ay, cómo volaba. Casi siempre hacia arriba. Y las alas apenas se veían. Eran prácticamente virtuales. Como de mariposa, pero más parecido a la madera. Algo así como un plástico moderno, pero más antiguo.
Y el día que lo fletamos. No flotamos. Fletamos. Frotamos. Ese día todo el pueblo había salido a la plaza. Bueno, casi todos. Los de siempre se quedaron en casa. Generalmente por la cuestión del espacio. Pero los demás vinieron casi todos. Casi todos los que cabían. Excepto dos. Los dos de siempre, los que todos sabemos. Pero fue un gran día.
Los barcos de los demás parecían pequeñitos al lado del mío. Porque era un avión, hablemos claro. Todos en el pueblo tienen barco y no entiendo muy bien por qué. El mar está muy lejos, el río se secó en 1654, y aquí no llueve nada más que una vez al año. El martes de Carnaval. Nunca he sabido por qué. Otra de esas cosas que ignoro. Como otras cosas.
San Clemente, viernes, 28 de enero de 2011
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Siempre remaba un poco antes de llegar a la orilla.
Siempre compraba pan antes de llegar a la cocina.
Siempre pensaba en algo cuando pasaba la esquina.
No tenía cambio, siempre estaba igual.
Nunca estaba distinto, nunca.
Al llegar al centro compraba cemento.
Hacía cimientos, pero nunca estaba contento.
Era lo mismo.
Era un espejismo.
Al llegar a la orilla, rompía los remos, rompía el pan
y se ponía de los nervios.
Pero jamás era igual, siempre eran nervios diferentes.
No tenía nada mejor que hacer,
al fin y al cabo era un martes como otro cualquiera.
Todos los martes de agosto eran iguales.
Tanto tiempo había pasado que ya no se acordaba.
Pero algo en su interior le decía que estaba llegando.
Algo en su interior estaba creciendo.
Y cada vez se sentía más pequeño, es decir, menos grande.
Hasta el punto en que el interior se convirtió en exterior.
Como todos los martes. Siempre era igual los martes.
Siempre.
Los martes de agosto.
Se acordaba. Ahora se acordaba.
Vélez-Málaga, sábado, 20 de noviembre de 2010.
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Eso fue sólo el principio,
pero todavía faltaba para llegar al final.
Todo era igual,
nada era distinto, y sin embargo,
a veces...
Todo resultaba diferente, no tenía sentido,
pero faltaba una dirección, no era como antes,
y después sería todo distinto.
Excepto aquello que permanecía indiferente.
No. No había cambiado nada. Excepto todo aquello.
* * *
Faltaban números, muchos números...
Prácticamente todas las centenas, tres decenas y una unidad.
La única unidad que teníamos por aquel entonces,
que, todo hay que decirlo, era un entonces muy diferente a otros entonces.
Pero la unidad casi siempre era la misma. Casi siempre.
* * *
Las montañas seguían creciendo, pero muy despacio.
De forma casi imperceptible. Apenas nos dábamos cuenta.
El escalador conceptual no necesita montañas.
* * *
Las nubes amenazaban lluvia y decidimos denunciarlas.
El juez estaba de nuestra parte.
Pero el caso fue desestimado, por falta de pruebas.
Y llovió.
Al final siempre llueve.
* * *
Esta noche es la noche, y mañana será el día.
A veces recuerdo cosas que no olvido,
pero hay otros días, y otras noches, y se me olvida.
No sé qué, pero se me olvida.
Y por la noche, si es otra noche, la cosa es muy diferente.
Y nada es igual.
* * *
Siempre pensando, siempre pensando.
No siempre actuando, pero a veces interpretando.
Pensando en interpretar.
Por la tarde.
Esa misma tarde, la otra tarde.
Más vale tarde que noche.
* * *
No hace falta, no es necesario, no es dromedario.
No es concatenario. Es sucedáneo. Sé momentáneo. Compra temprano.
No hace falta. No es necesario.
No es lo mismo el día que la noche.
Y oír la tarde es otra cosa.
Y no hablemos de la mañana.
Ni del mañana.
Utiel, lunes, 1 de noviembre de 2010.
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La gente de The Rondo Hatton Report, una revista online dedicada al mundo de Frank Zappa y a sus efectos en los que han caído en sus redes, me pidió que escribiera un artículo sobre mi experiencia al respecto y los orígenes de los sitios que mantengo sobre dicho personaje. El resultado, en inglés, acaban de publicarlo en el número de junio.
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Un adelanto de Monolitos, el nuevo disco de Caballero Reynaldo:

(Sí, el del principio del vídeo soy yo, haciendo como que escribo las letras del disco.)
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Corría la verde noche
en el prado del oeste
mientras los cilindros
se plasmaban un pie
en la pista de París
a la hora de cenar
una comida tubo
en tu camisa sucia
de la lavandería
de tu vecino.
Pero en las cornisas
los gatos se rompían
al ritmo de la samba
de la luz roja
que se aplica al motor
de la calefacción
del centro portuario
de la calefacción
del centro portuario.
***
Ya en el barco se iban
los domadores
pero se habían pinchado
los cristales de las uñas.
En la lámpara cerveza
los toros también
eclipsaban un círculo
con las jorobas
de los negros que descansaban
tumbados en vertical
pues las maderas sufrían
la repesca de nubosidad
que era impresa
en un carbón higiénico
al son de las maracas
de puerto de montaña
en la satisfacción
de puerto de montaña
en la satisfacción.
c. 1983-84
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Por fin ha llegado a Murcia el nuevo número de la revista Ruta 66. ¿Por qué tanto interés? Pues porque en ella aparece publicado mi artículo sobre la discografía póstuma de Frank Zappa. Tres páginas repasando los casi veinte discos (sin contar recopilaciones) publicados desde su muerte en 1993.
El texto lo escribí en enero y desde la primera versión hasta lo que ha salido publicado tuve que reducirlo prácticamente a la mitad, por cuestiones de espacio en la revista. Y la cosa es que creo que ha sido para bien, aunque con tanto recorte siempre se corre el riesgo de que algunas frases queden un poco incoherentes. Y todavía he notado que en la redacción han quitado alguna frase suelta aquí y allá al texto original. Que no cabía, vaya. Pero vamos, que ha quedado muy bonito y muy bien.
Hala, todo el mundo al kiosco.
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